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La Coctelera

Categoría: Políticos

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Los parántropos y el homo

Los parántropos y el homo

El Grupo Parlamentario Socialista presentó una proposición no de Ley en la que instaba al Gobierno a remitir un proyecto de Ley orgánica de reforma de
la Ley orgánica 10/1995, que incluya "la tipificación como delito; la explotación, experimentación, comercio, esclavitud, secuestro, tortura, maltrato o muerte de grandes simios". El argumento es que, dada la cercanía y la afinidad que estas especies (chimpancé, bonobo, gorila y orangután) tienen con la especie humana han de tener similares derechos.

Antes de entrar a considerar sobre lo que hay de científico y que de ideológico en la propuesta, pienso que es importante hacer un esfuerzo por
diferenciar. Según los más recientes datos de la ciencia, hace unos siete millones de años, de un mismo tronco evolutivo se separaron dos grandes
ramas, que serán ya irreconciliables en el futuro: una, que desarrollará toda la gama de parántropos (chimpancés, orangutanes, gorilas, bonobos) y
otra, de homos; se habla de hominoideos, de homínidos y de humanos.

A pesar de eso tienen una configuración genética similar, alrededor de un 96 %. No obstante, pienso que no por eso hemos de considerar tiene los mismos
derechos que los humanos, la semejanza con el ratón es del 99 % y a nadie le ha pasado por la cabeza reconocer a los ratones derechos humanos, aunque, de
seguir así, todo se andará.

Dado que somos tan iguales y tan sumamente diferentes los parántropos y los homo, yo propongo que tratemos a los parántropos como parántropos y a los humanos como humanos. Algo obvio que no se debía haber olvidado nunca.

JD Mez Madrid

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Las falacias del Proyecto Gran Simio

Las falacias del Proyecto Gran Simio
Permalink 04.05.06 @ 11:03:00. Archivado en Cultura

http://blogs.periodistadigital.com/santiagonavajas.php/2006/05/04/p25166

En el debate de ayer y hoy, en CNNplus, entre Araujo y Subirats, acerca de la iniciativa del primero sobre el Proyecto Gran Simio, el segundo, un filósofo político, le explicaba al ecologista fundamentalista las inconsistencias y trivialidades que comporta igualar a seres humanos con el resto de animales.

Una de las fotos más impresionantes que realizó Cartier Bresson fue la de un mono "torturado" en un laboratorio de Berkeley. La vi por primera vez cuando realizaba una recensión del libro de Linden. Entonces supe de Washoe y otros monos a los que les estaban intentando enseñar los rudimentos de la lengua de signos. Existe un documental sobre su enseñanza cuya visión es muy recomendable para formarse una opinión sobre las capacidades cognitivas de los simios. Es realmente terrorífico como la separan de su "familia" humana y la introducen en unas jaulas con otros de su especie.

Sin embargo, tanto en el libro de Linden como en el documental existía una clara voluntad de antropomorfizar en demasía a Washoe. Ya lo advertía Juan Benet (ver infra)

Como ha dicho Araujo, uno de los defensores del Proyecto Gran Simio, el ser humano es un gran simio. De lo que no se sigue que todos los grandes simios deban ser considerados humanos. De lo que no se sigue que los grandes simios no deban tener una protección especial, en cuanto que tienen una capacidad cultural y sentimental considerable. Pero de aquí a que se les reconozcan derechos hay un salto lógico-moral no argumentado.

Pero los animales, salvo los protagonistas de El Planeta de los Simios, no deben tener la misma consideración humana que los humanos porque no existe un correlato epistemológico, fisiólogico o moral entre ellos y nosotros. No son capaces de ser libres en el sentido humano, y por lo tanto tampoco sujetos de deberes ni derechos. Si un simio mata a un ser humano sería absurdo considerarlo un asesino. Del mismo modo supone una extrapolación semántica excesiva decir que están esclavizados en un zoo o un circo. Sólo puede ser esclavo quien podría decidir por sí mismo su destino.

Especialmente capcioso me parece el pseudoargumento de la similitud genética. Al fin y al cabo tenemos una igualdad al 100% de partículas elementales que nos igualan con todos los seres, vivos y no vivos, naturales y no naturales, y nadie, salvo algún panteísta suicida, se le ha ocurrido deducir derechos de dicho hecho. La falacia de la argumentación respecto a la similitud genética, olvida que lo importante en todo caso no es el número de genes sino su estructura, es que deja fuera a los grandes cetáceos, como las ballenas o los delfines. Ellos también deberían de ser protegidos (que conste que el Proyecto Gran Cetáceo surge aquí y ahora)

Que no deben ser susceptibles de derechos al mismo nivel que los seres humanos se entiende al plantear un experimento mental: supongamos que para investigar el funcionamiento del cerebro debieramos realizar experimentos con los grandes simios debido precisamente a nuestro especial parentesco. Sólo desde el fanatismo ecologista se pretendería que dicha experimentación sería ilegitima e inmoral. Del mismo modo que sí es legítimo investigar con embriones para desarrollar terapias génicas sería igualmente legítimo la investigación con los grandes primates no humanos si ello repercutiese en una mejora científica, teórica y práctica, de la especie humana.

Sólo los talibanes religiosos -de índole sagrada o laica- se oponen a dichas investigaciones con embriones y/o simios. Lo que no quita que intentemos establecer investigaciones con otros objetos si es posible. Pero la diferencia entre sujeto y objeto debe ser mantenida aunque sea en defensa propia. Es sintomático que el movimiento ecologista mayoritario esté derivando en una antropofobia que ha llevado incluso a proponer el genocidio de la especie humana para salvar a Gaia. En este sentido gritar ¡Vivan los animales! parece querer decir ¡Mueran los humanos!

Decía Juan Benet que Walt Disney ha sido uno de los grandes corruptores filosóficos de la humanidad. Quizás yo sea un perverso antropocéntrico pero los que promueven el Proyecto Gran Simio, al menos en su actual presentación, forman parte del proceso de waltdisneyzación que nos hace más ingenuos. Y es mejor ser perverso que estar pervertido.

El problema interesante no es, será, los derechos de los animales, sino los derechos de las máquinas inteligentes.

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No olvidemos esto: los líderes políticos nunca son lo que parecen

No olvidemos esto: los líderes políticos nunca son lo que parecen

Aniano GagoEscribir al autor

http://www.elsemanaldigital.com/arts/54175.asp?tt=

Hoy su éxito no consiste en una buena preparación, sino (casi siempre) en "dar bien" en la tele. Por eso Zapatero parece más líder que Rajoy. Pero quien gobernó 23 años fue... Pujol.

31 de julio de 2006. Si hay algo lamentable en la democracia actual es que los líderes de los partidos tienen que ser guapos, bien parecidos o, al menos, dar bien en la tele.

El líder moderno es un esclavo mediático. Desde los cuatro debates televisados entre Kennedy y Nixon nada es igual en la política. Kennedy era joven, guapo, apuesto, sonriente e inspiraba calor, alegría y confianza en el futuro, mientras Nixon tenía cara de granjero malencarado, adusto, viejo, distante, frío y generaba en los espectadores/votadores incertidumbre ante el futuro. Aquel debate fue tan importante que cambió hasta el concepto de la televisión en Estados Unidos, que es como decir en todo el mundo. Desde entonces los debates se han sucedido no sólo en Estados Unidos, sino también en el resto del mundo occidental.

En España también los tuvimos entre Felipe González y Aznar. El primero, en Antena 3, estuvo moderado por ese gran periodista que es Manuel Campo Vidal. Fue un hito, un acontecimiento histórico. En España nos poníamos a la altura de las democracias avanzadas. En aquel debate Felipe González, por aquello de confiarse demasiado, no estuvo a la altura que tenía y Aznar salió bastante airoso. Incluso puede que ganara el combate. El hecho de no perderlo de forma rotunda ya fue un éxito para él. En el segundo debate, en Tele5, moderado por otro periodista de raza televisiva, Luis Mariñas, Aznar se acongojó, y Felipe le dio un repaso. Resultado: las elecciones las volvió a ganar Felipe González. Corría 1993.

La televisión desde el segundo tercio del siglo pasado se ha convertido en el tótem de la cultura política. La televisión es mucho más que un medio de comunicación influyente: es el medio que ha transformado la realidad hasta el punto de que la realidad sólo es la que sale por televisión. El axioma de que si algo no sale en televisión no existe, es válido en política. Por eso los líderes se esfuerzan más en dominar el medio televisivo que en prepararse intelectualmente. Esto ya no es un teatro donde el pueblo va a escuchar a Castelar o una plaza de toros donde la gente se agolpa para saber qué dice Azaña; esto ahora es un mundo virtual donde lo que sale en la pantalla es lo que vale. En definitiva, vivimos en una realidad donde es más auténtico lo que parece, lo que se proyecta, que lo que es.

Zapatero es un tipo alto, guaperas (al margen las cejas), ojos claros, mirada abierta y encima alto. Culturalmente se sabe que gusta de Borges, de poetas como Gamoneda o Colinas y poco más. Su elocuencia no es mucha y su facilidad oratoria escasa. Rajoy es más sólido técnicamente, como se dice ahora, es un registrador de la propiedad que estudió mucho y se le nota. Pero carece del liderazgo moderno, mediático. Tiene un defecto al hablar (no tan marcado como Bono, aunque el defecto sea de otras circunstancias y características) y su expresividad mediática es inferior a Zapatero. Si a esas circunstancia se le añaden las añagazas que el leonés le tendió en el último debate del estado de la Nación, llegaremos a la conclusión de por qué Zapatero es más líder. A lo mejor no lo es, pero lo parece. Y, repito, hoy vale más parecer que ser.

La televisión no la he inventado yo. Fue Bird (entre otros) en 1926. En España llegó en 1956. Este año, el 28 de octubre, cumplirá 50 años. Que no es nada. Pero lo suficiente para que sea la gran madrastra de todos nosotros. Vivimos pendientes y dependientes de ella. Los teatros cuesta llenarlos, y si se quiere que se llenen deben contar con la publicad mediática de la propia televisión. Incluso las plazas de toros, las corridas, necesitan del medio invasor. La realidad es la que es, se quiera o no. Hasta el punto que el árido Bush Junior (también el padre) ha necesitado grandes dosis de escuela televisiva hasta hacerlo parecer más dulce y hermoso de lo que en realidad es en pantalones cortos en su rancho mientras masca chicle. Es una pena. Hoy triunfa como político antes un actor, como Reagan, que un intelectual. Ya sabemos que los intelectuales no suelen ser buenos políticos, pero una cosa es eso y otra que domine el mundo, el pueblo o la ciudad un zote que no ha superado las pruebas de simio.

Yo amo igual que odio a la televisión. La amo porque me entretiene y me hacer ver el mundo globalizado. Y la odio porque me enseña que ese mundo es fraccionado y mentiroso. Especialmente el político. Por eso me encanta que ganen los feos. Jordi Pujol, por ejemplo, jamás tuvo glamour mediático, ni belleza televisiva, pero pudo imponer su preparación y fuerza intelectual. Incluso hay que darle mucho mérito a Aznar, que en televisión, en lugar de hacer amigos, aumentaba los desafectos. Cara seca, cortante, adusta, lejana e inhabitual entre el pueblo llano, Aznar ganó porque le tocaba y porque Felipe tenía una ristra de "casos" incontables (el principal Luis Roldán) que hicieron que el personal cambiara de caballo. No creo que por la televisión.

Muchos políticos reciben clases de cómo hablar en público y cómo hablar a los medios de comunicación. Más nos valdría a todos que estudiaran un poco más y los conceptos les surgieran a borbotones simplemente porque saben la lección. Eso de que los señores líderes lean en las tribunas públicas tendría que estar prohibido. Hablan como loros y dicen lo que no saben y expresan lo que no sienten. La televisión tiene que evolucionar y captar y distinguir entre falsos y verdaderos, entre auténticos y postizos, entre la escayola y la piedra. La política es una comedia que nos lleva al drama. En eso andamos.

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Progresistas en la niebla

Progresistas en la niebla
ALFREDO MARCOS/PROFESOR DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID

http://www.nortecastilla.es/pg060522/prensa/noticias/Articulos_Opinion/200605/22/VAL-OPI-158.html

EL progresismo ibérico es como los yogures, se vende en 'pack' indivisible. No es fácil conciliar el velo islámico con el feminismo; la gorra belicista de Guevara, con el pacifismo; el puro de Fidel, con la fresa y el chocolate; ni el nacionalismo, con la igualdad. Pero, qué más da, ¿acaso hablamos de coherencia? No, hablamos de ideología. El progresismo se apoya sobre la idea de que alguien conoce el curso futuro de la historia, alguien sabe cuál es la dirección inexorable del progreso, y a los de-más nos toca seguirle. Ese alguien puede ser desde un partido político hasta un intelectual de moda o un cantante 'démodé'. Pero no es así, no podemos predecir el futuro de la historia, no sabemos hacia dónde va la humanidad. En palabras de Karl Popper, el futuro está abierto, y lo que resulte dependerá principalmente de nuestra libertad individual. Luego la ideología progresista carece de base. A falta de una base sólida, el progresismo se ha convertido en un haz de ideas, muchas veces contradictorias entre sí, ligadas tan solo por factores circunstanciales, por la demagogia o el oportunismo. Solo así se puede entender que el progresista hispánico medio simpatice hoy con ideas que hasta hace dos días consideraba retrógradas, como el nacionalismo, el islamismo o el indigenismo. De este modo sobrevenido y arbitrario, se viene a sumar al 'pack' progre también la defensa de los supuestos derechos de los grandes simios. Personas que confunden a un chimpancé con un bonobo; a Dian Fossey, con Sigourney Weaver; a Jane Goodall, con un personaje de Los Simpson, han captado no obstante que hoy la cosa va de gorilas, que ahora toca salvar al gran simio. Ahora, que ya no hay derrames de crudo en el océano, que ya no existen guerras sobre la faz de la tierra, nos queda la causa del orangután.

Por si alguien prefiere informarse antes de ponerse la pegatina, sépase que la preocupación por el sufrimiento animal procede de las tradiciones liberales y utilitaristas anglosajonas, del pensamiento de autores como Jeremy Bentham y de las investigaciones biológicas de Charles Darwin. Desde los años ochenta del siglo pasado, esta sensibilidad moral se ha ido extendiendo gracias a las intensas, e incluso a veces heroicas, investigaciones de campo llevadas a cabo por primatólogas como Fossey, autora del famoso libro 'Gorilas en la niebla', o Goodall. Gracias a ellas, hemos conseguido un nuevo y sorprendente conocimiento de la conducta animal y de los nexos sociales y afectivos que se dan en las poblaciones de grandes simios. Merced al apoyo y la difusión que dio a estas investigaciones el National Geographic, con hermosísimas y conmovedoras imágenes, se logró una repercusión pública sin precedentes. Ambas científicas trabajaron dentro de un proyecto más amplio concebido por Louis Leakey, especialista en evolución humana. Pero, con independencia de lo que pudiera enseñarnos sobre la evolución humana, la observación sistemática y continuada de los grandes simios en libertad se reveló como una fuente apasionante de conocimientos que interesan por sí mismos. Mostró, entre otras cosas, que la caracterización del animal como una especie de máquina conductista era perfectamente falsa. Muchos animales -no solo los grandes simios- tienen una imagen mental del mundo, están dotados de imaginación y de memoria, de ciertas emociones y forman parte de una tupida red de relaciones sociales y ecológicas. A diferencia de los seres humanos, los demás animales no poseen autoconciencia, pero podemos pensar que su sufrimiento y dolor se parecen mucho al nuestro, y podemos obrar en consecuencia de forma empática.

Ahora bien, una ética que busque evitar el sufrimiento animal no tiene por qué derivar en una política absurda de invención de nuevos sujetos de derecho, ni mu-cho menos en una nueva antropología que pase ahora a olvidar las tan evidentes diferencias entre los humanos y los demás animales. Tras igualar a los humanos con los otros animales, corremos el riesgo de acabar tratando a los humanos como ni siquiera los otros animales deberían ser tratados. De hecho, el principal ideólogo del Proyecto Gran Simio, Peter Singer, se muestra tolerante con el infanticidio. Quien no haya leído los textos de Singer es posible que dude de que un moralista reputado pueda combinar la sensibilidad más exquisita ante el sufrimiento animal y la más irresponsable de las cegueras ante el valor de la vida humana, especialmente de la vida de los más débiles. Pero así es. Sus textos son perfectamente explícitos. En su libro Ética Práctica podemos leer: «La vida de un recién nacido tiene menos valor que la de un cerdo, un perro o un chimpancé [ ] Las razones para no matar personas no son válidas para los recién nacidos». Y propone directamente negar el pleno derecho jurídico a la vida a los bebés menores de un mes por el momento. Antes de colocarse la pegatina, calculen ustedes el riesgo al que nos abocan. ¿Sería mucho pedir?

Basta con el sentido común para saber que si es posible evitar el sufrimiento animal, hay que evitarlo. En esa línea apuntan tantas medidas que desde hace tiempo se vienen tomando para la correcta regulación de la cría, el transporte y el sacrificio de animales.

Pero, convertir estas observaciones de puro sentido común en un estandarte partidista, en un disparate jurídico, en la disculpa para la imposición de una nueva antropología oficial, eso solo puede responder a los intereses oportunistas de un gobierno como el nuestro empeñado en la reeducación de las conciencias.

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Gran Simio

¿ Ecologistas S.A. como Paco Garrido?. Los ecoclogistas ya se han apoltronado desde que tienen escaño y ganan mucho más que en su vida laboral anterior. ¿POr qué callan algunos ante la emisión de gases que incrementan el efecto invernadero, callan ante tntas cosas, son tan sumisos al poder? ¿Y los incendios forestales de los veranos?
Por otro lado mejor se dedicara el Gobierno a dar mejor trato a los inmigrantes que tratan de llegar en pateras a las costas españolas, y que muchos de ellos mueren ahogados. Como los más de 1.2000 que murieron en los últimos meses frente a Canarias.
Bueno, lena este enlace

Gran Simio
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COMO los humanos a los que debe su cargo y su representación no tienen problemas que resolver ni en Sevilla, ni en Andalucía ni en España, el diputado verde que festonea el monolítico grupo parlamentario socialista en el Congreso, Francisco Garrido –Paco Garrido, para amigos y conocidos– ha presentado una proposición no de ley para que el Gobierno español se adhiera al Proyecto Gran Simio, cuyo objetivo es proteger del maltrato y liberar de la esclavitud a estos "compañeros genéticos de la humanidad": orangutanes, chimpancés, bonobos y gorilas. Los compañeros simios, vamos.

Es lo que tiene el ecologista cuando se oficializa: una vez logrado el escaño de diputado, tan útil para la mercadotecnia del partido gobernante, el verde llega rápidamente a la conclusión de que allí no van a hacerle ningún caso y que todas las ideas que alegremente le avalaron en el pacto previo a las elecciones (desarrollo sostenible, lucha contra la contaminación, energías renovables, etcétera) se quedan en nada ante la cruda realidad de la economía globalizada y competitiva. Pero entonces, lejos de irse a su casa a rumiar en silencio la frustración de un sueño (otro más), el verde establecido se conforma, se apoltrona y se alivia la mala conciencia con una política de gestos vistosos e inofensivos, guiños de cara a la galería e iniciativas tan aparentemente audaces como descarnadamente extravagantes.

A esta lógica obedece la proposición simiesca. En vez de sacarle los colores al Gobierno –al que debe su puesto– por ser el que más lejos de todos los de Europa se halla de cumplir la reducción comprometida de los gases de efecto invernadero –que eso sí que es un problema grave, para hoy y para mañana–, Garrido le insta a sumarse al Proyecto Gran Simio que, total, es uno de esos planes internacionales cargados de buenas intenciones y que, en el mejor de los casos, acaba en una declaración rimbombante que los Estados casi nunca avalan y que, si los avalan, nunca cumplen. Naturalmente, la proposición está ya pactada con la ministra de Medio Ambiente, encantada de sumarse a una política menos complicada y de más altas miras que la sequía, los trasvases o el calentamiento de la atmósfera.

Cuando se apruebe la iniciativa de Garrido, el Gobierno se comprometerá nada menos que a proteger el hábitat de estas especies, o sea, los bosques primarios de África y Asia. Esperemos que lo haga con más suerte y acierto de los que le acompañan en el trato que dispensa a las decenas de miles de sus parientes humanos que también llegan a nuestras costas desde los bosques primarios africanos y asiáticos. La bondad natural del ecologismo institucionalizado, golpeada en lo más íntimo por su impotencia ante la falta de derechos, la esclavitud y la tortura que padecen dos terceras partes de los seres humanos, se revuelve y proclama los derechos de nuestros primos monos. Pues nada, a cerrar circos y zoológicos.