Los derechos humanos del rinoceronte

EUGENIO DE RIOJA
Se veía venir la operación Gran Simio, como la guinda que adorna el pastel, que a su vez adorna una evidente hoja de ruta para convertir este país, todavía llamado España, en una edición corregida y aumentada de «Los animales de la Granja», de Orwell. No en vano en Vista Alegre llamaron a ZP los suyos: «Bambi de acero, te quiero». Los derechos «humanos» de los simios estaban ya en la cultura que nos rodea. ¿Se manipulará la genética de los monos como se manipula la de los humanos? No. Porque la defenderá la ecología. Los guardaespaldas, o sea gorilas, la violencia bestial en las aulas, el derecho de los alumnos a hacer novillos, consagrado por la LOE, la intervención de discentes y subalternos en las tomas de decisión de la Universidad, marcar territorio las pandillas aprendices de delincuentes, la caza del profesor como representante del progreso de la especie humana por los que quieren seguir la ley de la selva. En suma, la violencia, droga que consumimos mientras la objetamos. ¡Qué curioso: le echamos la culpa de este regreso al más feroz instinto animal a la violencia y no hay película, hoy por hoy que no sea violenta! La violencia y la permisividad sexual instintiva forman el entramado cultural que nos entra por la ventana electrónica.

Ahora se articula una gran bestialidad en medio del silencio de los intelectuales, de la Universidad, y de la «gauche divina». Rossana Rosanda, nada sospechosa de pertenecer a la reacción, se preguntaba hace casi 20 años: «¿No da cierto miedo que las izquierdas en cuanto están instaladas en el poder consideran sagradas, democráticas e intocables, sólo por el simple hecho de su presencia, instituciones y leyes a las que se opondrían sin más si se hallasen en la oposición?». Lo que toca este Gobierno quiere convertirlo en acto de fe de su credo laico. Ortega, se lamentaba: «Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad». Este regreso cínico a los ancestros, tras la memoria del abuelo, es un tumor que cada día nos sorprende con una extensión impredecible de la metástasis.
No se explica, si no es entendiendo este proceso político como patológico, que un catedrático de la talla de López Garrido, conspicuo primero de IU y ahora portavoz parlamentario del PSOE, intente convencernos de las bondades del proyecto Gran Simio. No se explica ni siquiera siguiendo la regla general del fanatismo del converso. El gran simio es la evolución del Gran Hermano, no el «1984», de Orwell, con ser tan premonitorio del transformismo de este régimen socialista, sino la mera reducción de lo humano a lo animal en ese programa de TV «Gran hermano», donde, por otra parte, el derecho a la intimidad que se quiere proteger a los gorilas en la niebla, se conculca a la vista del televidente. Cuando este programa comenzó hace unos años, Gustavo Bueno vino a decir que los encerrados en la casa común eran como monos en una jaula haciendo sus cositas a la vista del mirón. Monerías que han devenido en el reconocimiento de los simios como arquetipos. «Simiis similo probra», latinajo que podría traducirse por «Con los simios disimulo mi perversidad».

El drama de Ionesco «El rinoceronte» plantea en las primeras escenas la plácida vida provinciana en la que lo insólito la altera. Una pareja asegura haber visto un rinoceronte. A medida que la obra transcurre, la gente del pueblo acepta haber visto al animal. Sólo un hombre asegura que no lo ha visto, y es separado trágicamente de la convivencia. Julio Anguita, líder emérito de IU, ha dicho que esta neoconfiguración de las autonomías convertirá España en el monstruo de Frankestein. A la vista de la irresistible ascensión y aceptación de los derechos humanos (?) del gran simio, adecuado símbolo sería King Kong.