Más opiniones sobe el PGS

¡Pero qué monos más monos!ç
02/05/2006 - 21:25
Ubaldo Gutiérrez
Hubo una conspiración para matar a Lady Di. No es algo que sostenga Pereira, pero sí cualquier espectador de programas rosas. A Kennedy le asesinó la Mafia, y eso lo afirma hasta un bachiller poco documentado. Y que Juan Pablo I murió a manos del propio Vaticano, o de sus bancos, lo certifica cualquiera de esos periodistas, también rosas, que desde hace poco salen en televisión añadiendo dos palabras bajo el nombre: “periodista e investigador”. Toma ya! Por lo visto, rastrear si a “Rociíto” le duele la epiglotis es una actividad de investigación…, ¿llegarán a solicitar subvenciones para poder realizarla en mejores condiciones y que no haya más fugas de cerebros al extranjero? Lo digo porque ahora que llega lo del Evangelio de Judas, con tal panorama, tan tremendo, a la vista, sería el momento de solicitarlas.

No obstante, me parece que la verdadera conspiración a la que debería prestarse atención es muy diferente y de otra índole.

Copérnico nos puso en nuestro sitio, bastante alejado del centro del universo y Darwin nos recolocó a la altura de los animales. Freud puso en duda que fuéramos racionales y Tarzán constató en el cine que, sin embargo, sí lo eran los simios… Y que el gobierno esté a punto de llevarnos a un limbo donde podamos departir amigablemente con el delfín Flipper, el caballo Furia, la perra Lassie o el lagarto Juancho…, nos debería urgir a prestar más atención a la “humana” mirada del animal superior: la mona Cheeta. Porque no vaya a ser que el asunto nos pille desprevenidos y cuando queramos reaccionar nos pase como a Charlton Heston en el Planeta de los Simios.

Una proposición, no de ley (faltaría más), para integrar plenamente en la sociedad a nuestro eslabón anterior en la evolución. La ocurrencia del diputado socialista Francisco Garrido se me antoja tan estrafalaria que no sé si cortarme las venas o dejármelas largas; acaso solamente me limite a sentir vergüenza ajena. Como apoyo al proyecto hay quien menciona incluso a San Francisco de Asís, pero el argumento para equiparar en derechos a los chimpancés que resulta irrebatible es éste: “un macaco es casi una copia genética de usted o de mí”, y por tanto de Mozart o Descartes. Aunque claro, si hablamos de genes, tengo entendido que una rata tampoco dista mucho de nosotros y que el cerdo casi se nos equipara. Y en cuanto a la capacidad emotiva, pues miren, mi gatita se emociona cuando llego a casa tanto como lo hizo King Kong cuando le robaban a la chica, lo prometo; y hay niños que perciben una alegría inaudita en sus gusanos de seda cuando les cambian las hojas de morera podridas por otras nuevas.

En fin… ¿Podremos llegar a casarnos con ellos -los monos- o nombrarles herederos en los testamentos? Para dilucidar el asunto se requerirán varias legislaturas -ser obtuso no es una carencia, sino toda una disciplina- y buenas dosis de cachondeo, gracias a las cuales seguirán cobrando nuestros diputados; pero mientras tanto, algunos colectivos minoritarios han empezado ya a solicitar “derechos de simio” para que sus vindicaciones sean afrontadas con más rapidez, eficiencia y seriedad. En concreto, dos: guardias civiles y transexuales. Estos últimos han sido rotundos en su reclamación de una Ley de Identidad de Género: “los monos están en vías de extinción, pero nosotros aún seguimos aparcados”. Mañana tal vez aparezca otro grupo reclamando las mismas oportunidades de promiscuidad que los bonobos: dale-que-te-pego veinticuatro horas al día, indistintamente (véanse los documentales de la 2) con parientes, parientas y cachorros, de frente y por retaguardia, porque así combaten el estrés.

No sé si se habrán iniciado ya las gestiones pertinentes, con ese saber ser y estar que caracteriza a nuestro Ministerio de Exteriores, para que en Naciones Unidas se retoque la mismísima Declaración Universal de Derechos. Pero los retoques sí se van a producir en otras áreas, como en esos juegos de sobremesa con preguntas y respuestas. A la pregunta de quién pintó la Mona Lisa se le añadirá una opción de respuesta más. ¿Adivinan cuál? Una pista: fíjense en el colorido vario que adorna la estética cara de un mandril.